«En la celebración eucarística es Cristo mismo quien se hace presente en
medio de nosotros; más aún, viene a iluminarnos con su enseñanza, en la
liturgia de la Palabra, y a alimentarnos con su Cuerpo y su Sangre, en la
liturgia eucarística y en la Comunión. De este modo viene a enseñarnos a amar,
viene a capacitarnos para amar y, así, para vivir. Pero, tal vez digáis, ¡cuán
difícil es amar en serio, vivir bien! ¿Cuál es el secreto del amor, el secreto
de la vida? Volvamos al evangelio. En este evangelio aparecen tres
personas: el padre y sus dos hijos. Pero
detrás de las personas hay dos proyectos de vida bastante diversos. Ambos hijos
viven en paz, son agricultores muy ricos; por tanto, tienen con qué vivir,
venden bien sus productos, su vida parece buena.
Y, sin embargo, el hijo más joven siente
poco a poco que esta vida es aburrida, que no le satisface. Piensa que no puede
vivir así toda la vida: levantarse cada
día, no sé, quizá a las 6; después, según las tradiciones de Israel, una
oración, una lectura de la sagrada Biblia; luego, el trabajo y, al final, otra
vez una oración. Así, día tras día; él piensa:
no, la vida es algo más, debo encontrar otra vida, en la que sea realmente
libre, en la que pueda hacer todo lo que me agrada; una vida libre de esta disciplina
y de estas normas de los mandamientos de Dios, de las órdenes de mi padre;
quisiera estar solo y que mi vida sea totalmente mía, con todos sus placeres.
En cambio, ahora es solamente trabajo.
Así, decide tomar todo su patrimonio y
marcharse. Su padre es muy respetuoso y generoso; respeta la libertad de su
hijo: es él quien debe encontrar su
proyecto de vida. Y el joven, como dice el evangelio, se va a un país muy
lejano. Probablemente lejano desde un punto de vista geográfico, porque quiere
un cambio, pero también desde un punto de vista interior, porque quiere una
vida totalmente diversa. Ahora su idea es:
libertad, hacer lo que me agrade, no reconocer estas normas de un Dios
que es lejano, no estar en la cárcel de esta disciplina de la casa, hacer lo
que me guste, lo que me agrade, vivir la vida con toda su belleza y su
plenitud.
Y en un primer momento —quizá durante
algunos meses— todo va bien: cree que es
hermoso haber alcanzado finalmente la vida, se siente feliz. Pero después, poco
a poco, siente también aquí el aburrimiento, también aquí es siempre lo mismo.
Y al final queda un vacío cada vez más inquietante; percibe cada vez con mayor
intensidad que esa vida no es aún la vida; más aún, se da cuenta de que,
continuando de esa forma, la vida se aleja cada vez más. Todo resulta vacío: también ahora aparece de nuevo la esclavitud
de hacer las mismas cosas. Y al final también el dinero se acaba, y el joven se
da cuenta de que su nivel de vida está por debajo del de los cerdos.
Entonces comienza a recapacitar y se
pregunta si ese era realmente el camino de la vida: una libertad interpretada como hacer lo que
me agrada, vivir sólo para mí; o si, en cambio, no sería quizá mejor vivir para
los demás, contribuir a la construcción del mundo, al crecimiento de la
comunidad humana... Así comienza el nuevo camino, un camino interior. El
muchacho reflexiona y considera todos estos aspectos nuevos del problema y
comienza a ver que era mucho más libre en su casa, siendo propietario también él,
contribuyendo a la construcción de la casa y de la sociedad en comunión con el
Creador, conociendo la finalidad de su vida, descubriendo el proyecto que Dios
tenía para él.
En este camino interior, en esta
maduración de un nuevo proyecto de vida, viviendo también el camino exterior,
el hijo más joven se dispone a volver para recomenzar su vida, porque ya ha
comprendido que había emprendido el camino equivocado. Se dice a sí mismo: debo volver a empezar con otro concepto, debo
recomenzar.
Y llega a la casa del padre, que le dejó
su libertad para darle la posibilidad de comprender interiormente lo que
significa vivir, y lo que significa no vivir. El padre, con todo su amor, lo
abraza, le ofrece una fiesta, y la vida puede comenzar de nuevo partiendo de
esta fiesta. El hijo comprende que precisamente el trabajo, la humildad, la
disciplina de cada día crea la verdadera fiesta y la verdadera libertad. Así,
vuelve a casa interiormente madurado y purificado: ha comprendido lo que significa vivir.
Ciertamente, en el futuro su vida
tampoco será fácil, las tentaciones volverán, pero él ya es plenamente
consciente de que una vida sin Dios no funciona: falta lo esencial, falta la luz, falta el
porqué, falta el gran sentido de ser hombre. Ha comprendido que sólo podemos
conocer a Dios por su Palabra. Los cristianos podemos añadir que sabemos quién
es Dios gracias a Jesús, en el que se nos ha mostrado realmente el rostro de
Dios.
El joven comprende que los mandamientos
de Dios no son obstáculos para la libertad y para una vida bella, sino que son
las señales que indican el camino que hay que recorrer para encontrar la vida.
Comprende que también el trabajo, la disciplina, vivir no para sí mismo sino
para los demás, alarga la vida. Y precisamente este esfuerzo de comprometerse
en el trabajo da profundidad a la vida, porque al final se experimenta la
satisfacción de haber contribuido a hacer crecer este mundo, que llega a ser
más libre y más bello.
No quisiera hablar ahora del otro hijo,
que permaneció en casa, pero por su reacción de envidia vemos que interiormente
también él soñaba que quizá sería mucho mejor disfrutar de todas las
libertades. También él en su interior debe "volver a casa" y
comprender de nuevo qué significa la vida; comprende que sólo se vive
verdaderamente con Dios, con su palabra, en la comunión de su familia, del
trabajo; en la comunión de la gran familia de Dios. No quisiera entrar ahora en
estos detalles: dejemos que cada uno se
aplique a su modo este evangelio. Nuestras situaciones son diversas, y cada uno
tiene su mundo. Esto no quita que todos seamos interpelados y que todos podamos
entrar, a través de nuestro camino interior, en la profundidad del Evangelio.
Añado sólo algunas breves observaciones.
El evangelio nos ayuda a comprender quién es verdaderamente Dios: es el Padre misericordioso que en Jesús nos
ama sin medida. Los errores que cometemos, aunque sean grandes, no menoscaban
la fidelidad de su amor. En el sacramento de la Confesión podemos recomenzar
siempre de nuevo con la vida: él nos
acoge, nos devuelve la dignidad de hijos suyos. Por tanto, redescubramos este
sacramento del perdón, que hace brotar la alegría en un corazón que renace a la
vida verdadera.
Además, esta parábola nos ayuda a
comprender quién es el hombre: no es una
"mónada", una entidad aislada que vive sólo para sí misma y debe
tener la vida sólo para sí misma. Al contrario, vivimos con los demás, hemos
sido creados juntamente con los demás, y sólo estando con los demás,
entregándonos a los demás, encontramos la vida. El hombre es una criatura en la
que Dios ha impreso su imagen, una criatura que es atraída al horizonte de su
gracia, pero también es una criatura frágil, expuesta al mal; pero también es
capaz de hacer el bien.
Y, por último, el hombre es una persona
libre. Debemos comprender lo que es la libertad y lo que es sólo apariencia de
libertad. Podríamos decir que la libertad es un trampolín para lanzarse al mar
infinito de la bondad divina, pero puede transformarse también en un plano
inclinado por el cual deslizarse hacia el abismo del pecado y del mal,
perdiendo así también la libertad y nuestra dignidad.
Queridos amigos, estamos en el tiempo de
la Cuaresma, de los cuarenta días antes de la Pascua. En este tiempo de
Cuaresma la Iglesia nos ayuda a recorrer este camino interior y nos invita a la
conversión que, antes que ser un esfuerzo siempre importante para cambiar
nuestra conducta, es una oportunidad para decidir levantarnos y recomenzar, es
decir, abandonar el pecado y elegir volver a Dios.
Recorramos juntos este camino de
liberación interior; este es el imperativo de la Cuaresma. Cada vez que, como
hoy, participamos en la Eucaristía, fuente y escuela del amor, nos hacemos
capaces de vivir este amor, de anunciarlo y testimoniarlo con nuestra vida.
Pero es necesario que decidamos ir a Jesús, como hizo el hijo pródigo,
volviendo interior y exteriormente al padre. Al mismo tiempo, debemos abandonar
la actitud egoísta del hijo mayor, seguro de sí, que condena fácilmente a los
demás, cierra el corazón a la comprensión, a la acogida y al perdón de los
hermanos, y olvida que también él necesita el perdón.
Que nos obtengan este don la Virgen
María y san José, mi patrono, cuya fiesta celebraremos mañana, y a quien ahora
invoco de modo particular por cada uno de vosotros y por vuestros seres
queridos».